EL IR Y VENIR DE LOS MUERTOS



Es octubre y por las calles de la ciudad de Oaxaca deambulan los vivos. Cuando es noviembre, las huellas de los vivos dejan lugar a los pasos de los muertos. Los que tienen vida saludan, sombrero en mano, a los del más allá; los muertos sonríen y agradecen por los regalos y solicitudes de los del más acá.

Pocas son las tradiciones que pueden hacer identificable a todo un pueblo, pero son menos aún aquellas que los unen. Las conmemoraciones del día de Todos los Santos en Oaxaca tienen la particularidad de convertir una tradición en una celebración colectiva. La diversidad religiosa no es impedimento para la fiesta y, en muchos casos, los adeptos a cada doctrina dejan de lado los cánones que los rigen y se vuelcan al ánimo sobresaliente. Quizá honrar de esa peculiar manera a los muertos esté inserta en la herencia genética de nuestra raza oaxaqueña.

El día de muertos en Oaxaca es característico de la región, principalmente por una especial forma de celebrarlo. Recién entrada la noche, grupos de personas toman diversos atuendos tradicionales y se disponen a recorrer las calles en una graciosa comparsa de enmascarados. A pesar del festejo nacional, la tradición oaxaqueña quebranta las formas de la costumbre. La Muerteada, llamada así por razones obvias, es una procesión festiva con reconocimiento local, aunque poco a poco esa propiedad ha dejado de ser privativa de nuestro estado, pues cada vez son más los visitantes que asisten expresamente a recorrer las calles de la ciudad en compañía de vivos y muertos. Y la tradición se extiende más allá de la frontera oaxaqueña.

Poblaciones cercanas a la capital del estado como Etla y su gigantesco valle, Xoxocotlán, y barrios de la ciudad, realizan sin excepción su Comparsa de Día de Muertos con una procesión festiva en la cual se recitan versos alusivos a los fieles difuntos o bien, cómicas invenciones destinadas a burlarse de personajes públicos. Otros lugares como Santo Domingo Barrio Alto y San Jerónimo Yahuiche, por mencionar algunos, van más allá de la mera procesión y llevan a cabo, durante la noche, la misma procesión, pero acompañada de una comedia parateatral.

Una viuda que sufre por la muerte del marido borracho, los hijos que le lloran y los abuelos que lo celebran, son la base del drama. A ellos se suman médicos, curas, enfermeras, campesinos, diablos, curanderos y, por supuesto, la muerte en persona. Cada uno de los vivos intenta, sin éxito, revivir al muerto y curiosamente, sólo el curandero –símbolo de nuestra herencia prehispánica- lo logra. Siguiendo los hábitos de las procesiones mortuorias de noviembre, las palabras derivan en versos, los versos en rimas y los versos rimados en una estructura dramática. La historia la repiten en muchas ocasiones durante la noche, pero con una particularidad: cada representación tiene versos nuevos, en su mayoría improvisados.


Los muerteros, como se hacen llamar, son todos hombres. Ellos realizan la totalidad de los personajes, incluyendo a los femeninos. Sus vestimentas son la imagen del arquetipo y se ubican en la frontera de lo grotesco. Por eso, cuando los versos se dedican a personajes conocidos –ya sean de la población o del ámbito nacional-, suelen ser graciosos hasta la hilaridad. La Muerteada ha sido, desde sus inicios, una tribuna de denuncia, un foro donde se amonestan las faltas consumadas durante el resto del año y que han lesionado la cohesión de la comunidad. Quizá radique ahí su éxito y su necesidad, pues más que una fiesta se ha convertido en un ritual de transición, con un pueblo ávido de justicia que exige, al menos durante una noche, reclamar a voces las transgresiones y escarnecer, sin ofender, al culpable de ello.

Los relatos orales sitúan en la etapa pre-revolucionaria el origen de la Muerteada, cuando los terratenientes eran los dueños hasta de la vida del campesino. Por las noches de noviembre, cuando era normal la asistencia de la gente a los panteones para llevar comida a sus muertos, la gente se enmascaraba y representaba a los patrones, llevando el rencor social hasta la ofensa. De este modo, el imaginario colectivo saldaba deudas con aquellos que a diario le infringían humillaciones. La noche del día de muertos se convirtió, desde entonces, en el tribunal de la revancha, en el ajuste de cuentas realizado desde el anonimato.

La celebración, anónima, exige la máscara. Hace años sólo eran aceptables las máscaras hechas de madera. Algunos muerteros aún las ocupan y, más aún, las fabrican. En estos tiempos modernos, tan susceptibles a la asimilación rápida de lo global, es de agradecer que en las Muerteadas no sea admitido el uso de máscaras que representen monstruos hollywoodenses. Aunque en el recorrido por las calles se observen este tipo de imágenes, en la representación semiteatral están prohibidas. En Yahuiche, pueblo de artistas plásticos, hacen una espectacular exhibición de su trabajo. Desde meses antes se dedican a la factura de la máscara que ocuparán en la celebración y el resultado ha sido que diversos medios de comunicación extranjeros les requieran para grabar programas sobre las tradiciones existentes en Oaxaca. En cuanto a las vestimentas, es de mencionar –y alabar- la preocupación ocasionada por el aspecto que mostrarán en la fiesta. El anonimato es respetado a profundidad, incluso entre la misma familia del muertero, quienes no deben saber cuál personaje representará su pariente. La tradición exige anonimato y perfección, por lo que se realizan ensayos previos a la Muerteada. En los pueblos se llama al ensayo mediante un cuerno de toro o en ausencia de éste, una corneta. Así el pueblo se entera de la realización de la Muerteada. Sólo los muerteros son convocados, y el anonimato es conservado.

Las fiestas de los pueblos de Oaxaca en Día de Muertos son, sin duda, el más claro signo de homogeneidad del pueblo oaxaqueño. La celebración del verano, considerada la fiesta oaxaqueña por excelencia, no cuenta con el carácter comunitario que presenta la unión social que generan los muertos. El mes de noviembre y su llegada determinan la economía de gran parte del año. El comercio está igualmente de fiesta y las cosechas encuentran un cauce lógico de consumo. El ir y venir de los muertos al mundo de los vivos nos hace no sólo recordarlos, sino vivirlos y festejarlos.
Sólo en México la muerte es humanizada y sólo en Oaxaca la dejamos recorrer las calles abrazados de ella. En la Muerteada ella deja de hacer su trabajo y mira, complaciente, como el hombre se ríe con ella. Los vestidos y las máscaras transforman los lugares y a las personas, por algo Mircea Eliade afirmaba “Uno se convierte en lo que uno muestra”. Y la celebración del Día de Muertos oaxaqueño resuelve, por una noche el misterio de la muerte al cederle a ésta un espacio de regocijo para que posponga su interminable tarea al menos por unas horas; y a los muertos momentos de festejo con las personas que amaban. Esa es la solución al misterio: hacer reír a la muerte. Seguro con eso ella nos regala unos minutos más en esta tierra. O dicho en términos muerteros: Órale muerte bonita, danos chance de gozar, que después de tu risita, igual nos has de llevar. Celebremos, pues.



Germán Bernardo

Lic. En Literatura Dramática y teatro. Por la Facultad de Filosofia y Letras de la U.N.A.M

GRUPO CULTURAL YAHUICHE